Por lo general soy una persona ecuánime, pacífica y hasta sosa (subráyese el "por lo general"). No suelo reír a carcajadas ni llorar a mares. No me pongo verde y rabiosa cual Hulk cuando algo me molesta. No cubro a los que amo de besos y apretujones. No le pego a la computadora cuando no sirve ni reto a Dios cuando no hay internet.
Soy callada, deprimida y sombría. Dejo que los demás hagan de sus vidas sendos papalotes y mando las emociones al estómago. Ahí ellas cavan pequeños surcos o luego corren hasta el cerebro, donde causan cortos circuitos. Esto, digo, es lo que sucede por lo general.
Pero a veces quisiera ser Carrie y levantar tremendas olas de ira destructiva. Quisiera mirar con desprecio a los seres enfadosos y flamearlos en ese mismo instante. A los que me pegan en la cabeza en los peseros porque no pueden mirar abajo de sus narices, a los que escuchan música en sonido estéreo a las tres de la mañana, a quienes se estacionan ocupando la calle y la banqueta, a la gente detrás de las ventanillas que en lugar de ayudarte cuchichea con el de al lado, a los que son injustos, a tantos y tantos políticos.
No es que tenga complejo de superhéroe vengador, ni que haya visto demasiados anuncios de "Ordene emperador", o que yo misma no haga cosas por las que merezca arder en leña verde. Tampoco odio a la humanidad. Simplemente sucede que a veces los mosquitos sueñan que son dragones y en una de esas llegan a despertar escupiendo fuego.
* Post inspirado por la cajera del banco que perdió mi tarjeta tributaria, por el cliente que ya no encuentra mi cheque y por todos los centros de "atención" a clientes de Telcel.
Atravieso por una ráfaga de tristezas y desilusiones. La filosofía, la profesión, el amor, me han mostrado los rincones que discretamente se pueblan de telarañas y los muebles bajo los cuales se ha empujado con prisa al polvo y la basura.
Sin embargo, me afano. Barro aquí y allá. Sacudo y enjabono. Pego, armo, remiendo. Me aferro a octubre y al airbus que me llevará sobre el océano.
¿Y para qué? Para que alguien me ofrezca un trago de café a cambio de mostrarle un dedo manchado. Así como en la infancia me daban caramelos por lucir las manos limpias.
Entonces veo que el polvo forma dunas, que las telarañas no dejan ver la pared y que no es el hogar, sino la ciudad entera. Y pienso que así ya no puedo.
¿Pero que hago si no reparo, sacudo y además invento? ¿Si no trato de sostener aunque sea con alfileres lo que queda de afuera y adentro?
Por eso sigo en la monumental e inútil reconstrucción. Café no quiero.
Mucho se twiteó ayer en relación con el acontecimiento del día. Pero de entre todos los pésames, homenajes, reportes y colapsos de 140 caracteres, me identifiqué sólo con uno: "Ahora sí me siento bien viejo".
En realidad lo experimenté desde que los Simpsons, con quienes crecí, anunciaron su temporada veinte. Desde que Café Tacvba, que nos hizo bailar una frenética Rarotonga en la despedida de sexto de primaria, comenzó a celebrar sus veinte años. Desde que, sin mayores aspavientos, transcurren también dos décadas de la primera película que realmente disfruté, porque no había canciones cursis ni adorables princesitas que me hacían sentir más fea. En su lugar estaban una música sorprendente que te disparaba al espacio, y Michael Jackson.
Tenía ocho años cuando mi mamá me llevó a ver Moonwalker. Hoy tengo veinte más, que se sienten como elevados al cuadrado. Tenía entonces una fascinante capacidad para mentir. Hoy escribo libros de filosofía. Y fue en aquél segundo lustro de mi existencia, en medio de cómics, cuentos de Ray Bradbury, batallas galácticas y música lunar que comencé a entender lo que hasta hoy creo; que las mejores cosas de este mundo son las que te ayudan a escapar de él.
En el año 28 hay trozos del imaginario personal que comienzan a desprenderse y a volar hacia las estancias de lo que ya no es. En la pantalla mental los bailes, las vacaciones, los besos y los cines se desdibujan, recordándonos cuan afortunados somos por no estar aquí para siempre.
- Yo creo que esta vez sí se termina el mundo -sentenció la señora y profirió un nuevo elogio al agua de guanábana.
- Yo también -le respondió la dama de mayor edad sentada frente a ella, mientras lanzaba breves miradas a la televisión y a los estragos que dejara el terremoto en Honduras.
- Porque han sido tantas cosas… ¡Mira que no es gratuito!
- ¡Eso mismo le digo a Víctor! Pero, ya vez, tan cerrado él…
- Como toda la gente. Yo les digo y les digo, y ¡nadie me cree! Son muy tontos o tienen mucho miedo. Pero yo sé… ¿Te acuerdas de las profesías que pasaron el otro día en la tele? Las de…
- ¿Nostradamus?
- No… otro…
Y no recordó, y el agua de guanábana seguía exhuberante y deliciosa. Yo quise hablarle, decirle que le creía; que tenía toda la razón. ¡Al diablo con Víctor y todos los incrédulos! El mundo se termina, y está bien; lo necesitamos, lo merecemos. Pero el sol se tragaba entera a la avenida Nuevo León, el aire era demasiado denso para gastarlo en palabras y el agua de mango sabía tan dulce.
Balbuceos de un canto, fragmentos de un encomio. Los escupo sin juicio a un blanco frágil mientras salto entre mares.
La semana de tiempo suspendido me hizo trizas. Se llevó la soledad, la locura, los afectos. Dejó la única certeza de que no hay belleza ni heroísmo capaces de redimirnos.
Sí, yo siempre exagero ante situaciones como ésta. Más cuando en el cerebro se encienden luces que no iluminan lo excelso sino lo degradado y próximo a morir.
¿Por qué entonces sigo conduciendo sin pericia esta endeble nave que, bien sé, no se dirige a sitio alguno? ¿Por qué es tan difícil romper el pacto con la maravilla?