lunes, 29 de septiembre de 2008

Una tarde o Escrito que se cubría de polvo digital en el archivo

Una vez más, el cielo hecho jirones bermellón y carmesí. Era el momento del día en que todo parecía entrar en animación suspendida. Ramas, tendederos, cables y hasta uno que otro andariego se mecían obedientes al impulso del viento y marcaban un compás tan monótono que su ir y venir era capaz de crear un campo energético que encapsulaba el tiempo. Nada importaba entonces, ni los errores, ni las carencias, ni las desilusiones, tampoco esa rutina de confort y prosperidad bajo la que alineaba su vida. Era el momento del día en que abandonar lo presente y dibujar las imágenes de otros tiempos y espacios estaba permitido.

Apartó la vista del monitor y la dirigió a través de la ventana, hacia las copas de los árboles del parque. Era el lugar donde cualquier travesía encontraría su punto de partida. Tenía la impresión de que ahí podía empezar a caminar y seguir andando hasta el destino tantas veces anhelado; el país ignoto y sin nombre preciso, donde ninguna voz sabía su nombre. Imaginó hasta sentir el profundo gozo con el que se marcharía cuando llegara el día oportuno y quiso evocar la maravillosa sensación del alejamiento. Cuando miraba por la ventana del autobús en sus sencillos viajes de la infancia, tenía la impresión de que los árboles, el ganado y las torres eléctricas de la carretera emprendían una frenética huída en dirección contraria a la del vehículo en el cual viajaba, y pensaba que se sentirían tan dichosos como ella por dejar el lugar al que por tanto tiempo se habían fijado. Y aun ahora, después de tantos años, le gustaba creer que su partida no sólo la liberaría a ella, sino a cada ser y objeto que dejara tras de sí.

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