Un haz de luz se ha incrustado en mi cabeza. No es la primera vez que pasa. Entra fulminante por el ojo izquierdo, rebota en la base del cráneo y abraza todo el hemisferio.
Creo que cada uno de esos dardos fotónicos porta una idea descomunal que mi cerebro no alcanza a comprender. Y éste se incendia en vez de iluminarse; lejos de alumbrar se duele en su vacío.
He considerado diversas opciones para terminar con estos raros fenómenos. Hasta ahora, parece que lo más útil y sensato es prescindir del ojo izquierdo.
Ya tiene sus hojas, su lomo y sus erratas. Y pronto caminará por el mundo -bueno, por algunos anaqueles- y tratará de sostenerse con sus virtudes y sus fallas. Sí, a mí me gustan la ficción y el fantaseo, y me habría encantado escribir la gran épica de nuestro tiempo (desafortunadamente aún no pierdo la esperanza de hacerlo). Por extraños y oscuros caminos llegué a la filosofía, aprendí a quererla tanto como a las ensoñaciones y hasta me propuse cantar sus hazañas para que otros también la quisieran. Este es uno de los resultados resultado de esa confusión y de ese amor, y también de la compañía de personas que siendo mucho más senstas que yo, se han arriesgado a confiar en mi insensatez. Así, pues, aunque nunca lo hubiera imaginado, aunque tal vez sea el último, y sea cual sea su fortuna, le digo a este recien llegado "Bienvenido".
Por lo general soy una persona ecuánime, pacífica y hasta sosa (subráyese el "por lo general"). No suelo reír a carcajadas ni llorar a mares. No me pongo verde y rabiosa cual Hulk cuando algo me molesta. No cubro a los que amo de besos y apretujones. No le pego a la computadora cuando no sirve ni reto a Dios cuando no hay internet. Soy callada, deprimida y sombría. Dejo que los demás hagan de sus vidas sendos papalotes y mando las emociones al estómago. Ahí ellas cavan pequeños surcos o luego corren hasta el cerebro, donde causan cortos circuitos. Esto, digo, es lo que sucede por lo general. Pero a veces quisiera ser Carrie y levantar tremendas olas de ira destructiva. Quisiera mirar con desprecio a los seres enfadosos y flamearlos en ese mismo instante. A los que me pegan en la cabeza en los peseros porque no pueden mirar abajo de sus narices, a los que escuchan música en sonido estéreo a las tres de la mañana, a quienes se estacionan ocupando la calle y la banqueta, a la gente detrás de las ventanillas que en lugar de ayudarte cuchichea con el de al lado, a los que son injustos, a tantos y tantos políticos. No es que tenga complejo de superhéroe vengador, ni que haya visto demasiados anuncios de "Ordene emperador", o que yo misma no haga cosas por las que merezca arder en leña verde. Tampoco odio a la humanidad. Simplemente sucede que a veces los mosquitos sueñan que son dragones y en una de esas llegan a despertar escupiendo fuego.
* Post inspirado por la cajera del banco que perdió mi tarjeta tributaria, por el cliente que ya no encuentra mi cheque y por todos los centros de "atención" a clientes de Telcel.
Atravieso por una ráfaga de tristezas y desilusiones. La filosofía, la profesión, el amor, me han mostrado los rincones que discretamente se pueblan de telarañas y los muebles bajo los cuales se ha empujado con prisa al polvo y la basura.
Sin embargo, me afano. Barro aquí y allá. Sacudo y enjabono. Pego, armo, remiendo. Me aferro a octubre y al airbus que me llevará sobre el océano.
¿Y para qué? Para que alguien me ofrezca un trago de café a cambio de mostrarle un dedo manchado. Así como en la infancia me daban caramelos por lucir las manos limpias.
Entonces veo que el polvo forma dunas, que las telarañas no dejan ver la pared y que no es el hogar, sino la ciudad entera. Y pienso que así ya no puedo.
¿Pero que hago si no reparo, sacudo y además invento? ¿Si no trato de sostener aunque sea con alfileres lo que queda de afuera y adentro?
Por eso sigo en la monumental e inútil reconstrucción. Café no quiero.